Víctor, un joven de Santiago del Estero al que “Tejiendo Lazos” le cambió la vida

Víctor conoció la obra salesiana de la mano de sus amigos y ya no se alejó: “Mi vida cambió”. Participa cada día de esta propuesta, feliz de que “me hacen sentir en casa”.

Víctor nació hace 23 años en Santiago del Estero, donde vive con sus padres, su abuela y 5 hermanos. Si bien en su hogar nunca faltó afecto, la vida diaria no fue fácil, producto de una mala situación económica que lo obligaba incluso a dormir en el suelo.

Vivir en condiciones así no es grato para nadie y menos para un niño o un adolescente. Él quería ayudar, pero al ser chico no tenía muchas opciones. Poco a poco fue haciendo elecciones que, hoy, reconoce que no le hacían bien. “Era rebelde, me portaba mal, volvía tarde. A veces salía, no volvía y no avisaba. Además, entre los hermanos la comunicación se fue cortando: no nos podíamos ni sentar a la mesa porque nos mirábamos mal”. El estudio tampoco era prioridad en su vida

En 2013 un grupo de amigos lo invitó a una actividad que estaba dando sus primeros pasos. Le hablaron de “Tejiendo Lazos”, una propuesta educativa del Oratorio Don Bosco. Sin saber muy bien con qué se encontraría, Víctor se animó y los acompañó. Una vez que pisó esa Casa ya no se alejó.

“El Hno. Fernando me llamó y me hizo uno más del grupo”. Víctor habla agradecido de Fernando, del Hno. Julián, de los coordinadores Mario y Daniela. Ellos, junto a muchos otros, sostienen y hacen andar “Tejiendo Lazos”, con todo lo que allí se hace cada día: merienda, talleres como guitarra y panadería, deportes y momentos de encuentro.

Como Víctor, son más de 80 los chicos y chicas que participan de estas actividades. Entre ellos están quienes llegan de pueblos alejados como Quimilí o Campo Gallo, que allí pueden estudiar y tener un hogar.

Muchos de esos jóvenes cargan con adversidades que los afectan, con sueños y frustraciones, con posibilidades y riesgos. En “Tejiendo Lazos” reciben acompañamiento, formación y voces al oído que les resaltan todo el tiempo lo valiosos que son.

El Oratorio me ha cambiado muchísimo como persona. Me miran con otros ojos, me sorprende el trato que me dan. Acá me hacen sentir en casa. No me olvido de mi pasado, pero me encanta lo que me está pasando. Mi vida cambió”, confiesa Víctor.

Hoy está estudiando peluquería y quiere terminar de formarse como chef para cumplir un sueño: abrir su propia rotisería. Sabe que lo puede cumplir: “Gracias al Oratorio, hoy pienso en un futuro para mí y para mi familia”.