Ser feliz trabajando

En nuestra sociedad actual predomina una visión restrictiva del trabajo, heredera del consumismo, que reduce su concepto del trabajo a verlo sólo como la actividad productora de bienes económicos, y que luego identifica el valor del trabajo con el valor económico de su producto, fijado por el mercado. Es una visión que deriva luego en sentirse “explotado”, “absorbido” o “frustado” por “ir a trabajar”. Lógicamente, así nadie quiere hacerlo.

Ahora, la visión del trabajo humano a partir del Evangelio amplía este enfoque, y diferencia distintas dimensiones del trabajo. Por un lado, lo señala como espacio para el desarrollo de las potencialidades de las personas, para que a través de él pueda perfeccionarse y perfeccionar el ambiente donde vive, de modo que se parezca más al mundo soñado por Dios. Una segunda dimensión, lo señala como ámbito para el crecimiento cultural y moral de la sociedad y, finalmente, lo menciona como tarea a través de la cual las personas obtienen lo necesario e indispensable para vivir.

Cuando estas tres dimensiones coinciden en la actividad que se realiza, asistimos a lo que habitualmente llamamos “trabajar en lo que a uno le gusta”, “trabajar en donde lo siente como su lugar y su tarea”.

En este sentido “ser feliz trabajando” es una invitación a resituar el trabajo, ya sea atender un kiosco, ir a la oficina, dirigirse a la fábrica y todas las acciones que den cuenta de la actividad como un espacio de expresión de lo valioso que hay en cada uno, más allá de la remuneración que reciba o no por lo que se realiza. Es animarse a vivir lo que se hace como expresión de la vocación que le da sentido a la vida, desde el servicio y la construcción de una sociedad más justa.

Es en el desarrollo del trabajo donde “el hombre no sólo transforma la naturaleza, adaptándola a sus necesidades, sino que consigue su plenitud como ser humano, y en cierto sentido hasta se convierte ‘en más humano’”, según el documento “Sobre el trabajo humano”, presentado por Juan Pablo II en 1981.